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¿Por qué merece la pena aprender a argumentar?

 

Argumentar consiste en ofrecer una serie de razones o de pruebas en apoyo de una conclusión. Como no todos los puntos de vista son iguales, y a menudo las personas discutimos acerca de ellos, es bueno informarse acerca de qué opiniones son mejores. Al hacerlo, podremos formarnos nuestra propia opinión, juzgar con mayores garantías de acierto y, en la medida de lo posible, evitar errores.

Los errores en la argumentación se denominan falacias. Algunos de ellos son tan comunes y tentadores que tienen sus propios nombres. Ni que decir tiene que las falacias se pueden cometer tanto voluntaria como involuntariamente. Pero como  para detectar una falacia hay que entender cuál es la regla que incumple, veamos primero los buenos argumentos y las reglas que éstos siguen. Por cierto, en todo argumento hay que distinguir entre premisas y conclusión. Las premisas son las afirmaciones mediante las cuales ofrecemos nuestras razones; la conclusión es el enunciado a favor del cual estamos dando esas razones.

¿Cuántas premisas deben presentarse en apoyo de una conclusión? No existe un número determinado. Hay argumentos  con una sola premisa  y una conclusión, como la siguiente broma de Winston  Churchill, recogida por Anthony Weston en Las claves de la argumentación:

 

“Sea optimista. No resulta de mucha utilidad ser de otra manera.”

 

En este argumento W.Churchill  ofrece una razón para ser optimista: “no resulta de mucha utilidad ser de otra manera”. Pero no en todos los casos las conclusiones son tan obvias, como puedes apreciar en los siguientes ejemplos.

 

“Compre este producto. No encontrará otro mejor.”

 

“Sigue mi consejo. No tienes nada que perder.”

 

Cuando hay varias premisas el orden resulta fundamental.  De los dos ejemplos que puedes leer  a continuación, el primero es de Bertrand  Russell; el segundo, ni se sabe. Ambos contienen las mismas premisas y la misma conclusión, pero en orden diferente. ¿Cuál te parece más correcto?

 

“Los males del mundo se deben tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Pero los seres humanos no han descubierto hasta ahora ningún método para erradicar los defectos morales […] La inteligencia, por el contrario, se perfecciona fácilmente mediante métodos que son conocidos por cualquier educador competente. Por lo tanto,  hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del perfeccionamiento de la inteligencia antes que del  perfeccionamiento de la moral.”

 

“Los males del mundo se deben, por completo, tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia. Hasta que algún método para enseñar la virtud haya sido descubierto, el progreso tendrá que buscarse a través del perfeccionamiento de la inteligencia antes que del perfeccionamiento la moral. La inteligencia se perfecciona fácilmente por métodos que son conocidos por cualquier educador competente. Pero la raza humana no ha descubierto hasta ahora ningún remedio para erradicar los defectos morales.”

 

Puede suceder que un argumento se presente de forma ordenada, pero si sus premisas son débiles, poco fiables o falsas, también lo será su conclusión. ¿Qué te parece el siguiente argumento?

 

“Todas las personas son felices. Fulanito es, sin lugar a dudas, una persona. Por lo tanto, Fulanito es feliz.”

Aunque desde el punto de vista formal este argumento es correcto, las premisas son poco fiables. Así  pues, su conclusión también resulta poco fiable.

Si  no tenemos buenas premisas es mejor que no extraigamos conclusiones de ellas. Podemos buscar mejores premisas o cejar en nuestro empeño: aunque a nadie le gusta  darse por vencido, a veces, es una manera de no perder el tiempo.

En este sentido, también resulta aconsejable utilizar un lenguaje claro, que  evite los términos imprecisos y produzca ambigüedad. Compruébalo tú mismo comparando estos ejemplos.

 

“La organización política de Atenas en el  siglo V a.C., comparada  con los despotismos orientales de la época, puede considerarse una democracia. Muchos la consideran elitista y aristocrática porque la comparan con las democracias actuales, pero tal comparación resulta injusta: durante este período Atenas conquistó poder y gloria como ningún otro Estado. Es cierto que una parte de la población carecía de derechos, pero esto debe enturbiar nuestro juicio.”

 

“La  organización política de Atenas en el siglo V a.C. era democrática pero,  de los quinientos mil habitantes que llegó a tener, sólo cincuenta mil - quienes constituían la nobleza y detentaban el poder -  eran considerados  auténticos ciudadanos y disfrutaban de  derechos. Los esclavos, los extranjeros, los niños y las mujeres  carecían por completo de derechos.”

 

Es también muy importante evitar un lenguaje emotivo: no te conviertas en víctima para conseguir la aprobación de los demás ni caricaturices un argumento o a un contrincante para hacer ver su debilidad. Siempre será más conveniente qué señales sus errores y que reconozcas los tuyos. En caso contrario, puedes ser tú quien quede en entredicho. Juzga por ti mismo estos ejemplos.

 

“No sé por qué  tenemos que estudiar esta asignatura. ¿Acaso queremos ser filósofos? Si así fuera, de acuerdo. Pero  ya que no queremos, ¿por qué tenemos que realizar un esfuerzo tan inútil?...Y a nuestra edad; justo cuando ya deberíamos centrarnos en un perfil de estudios relacionado con lo que vamos a ser en el futuro.”

 

“¿Qué  necesidad tengo de estudiar  filosofía y andar por ahí hecho un Sócrates, importunando a la gente sencilla y no  dejándola disfrutar  de  sus propias preocupaciones?”

 

Ante todo sinceridad. Si a uno no le gusta la filosofía es mejor que lo manifieste abiertamente, en lugar de denostar una materia que no le interesa o caricaturizar  a un filósofo.

 

Otra recomendación importante es  que no uses una misma palabra en  más de un sentido. Aunque el argumento pueda parecer correcto a primera vista, una lectura más atenta nos indica que no es así. ¿Sabrías decir qué significado tiene el término “igual” en la segunda premisa?  ¿Y en la conclusión? ¿Te parecen equiparables?

 

“Las mujeres y los hombres son física y emocionalmente diferentes. Los sexos no son iguales. Por lo tanto, el derecho no debe pretender que lo seamos.”

 

Recapitulemos. Para argumentar correctamente debes tener en cuenta que si las premisas son poco fiables, también lo será la conclusión. Utiliza expresiones claras,  ordenadas y coherentes,  evita los términos imprecisos  y no te dejes llevar por un lenguaje emotivo.

 

 

 

*   *   *

 

 

De los muchos argumentos que se suelen utilizar, los más frecuentes son: deductivos, inductivos,  por analogía, de autoridad, acerca de las causas y mediante ejemplos. Cada uno de ellos te ofrece un modelo de argumentación.

 

 

Argumentos deductivos.

 

Son aquellos en los cuales la verdad de las premisas garantiza la verdad de su conclusión. La cuestión es que muchas veces  las premisas son inciertas; en tal caso, la conclusión también lo será.   Podemos tener un argumento correcto o válido por lo que respecta a su forma, pero débil o claramente falso por lo que respecta a su contenido. Fíjate en los siguientes ejemplos:

 

a) “Todos los mamíferos son rumiantes. Mi perro es  mamífero. Por lo tanto, mi perro es rumiante.” (Argumento válido pero falso.)

 

b) “Todos los hombres son mortales. Sócrates es  un hombre. Entonces, Sócrates es mortal.” (Argumento válido y verdadero.)

 

c) “Los peces nadan. Las aves vuelan. Por lo tanto, los peces y las aves nadan  y vuelan.” (Argumento inválido.)

 

Los argumentos deductivos son muy frecuentes a pesar de que la deducción presenta dos puntos débiles. El primero de ellos ya lo hemos señalado: la validez de un argumento no nos garantiza su verdad; sólo si la deducción es correcta y las premisas verdaderas,  la conclusión será verdadera. El segundo es que, aun siendo válido y verdadero  un argumento,  el alcance de la conclusión es, muchas veces, limitado: nos dice poco más de lo que sabíamos.

Los argumentos deductivos pueden adoptar  la forma del Modus ponens (“Si p, entonces q. Se da p. Por lo tanto, se da q.”), del Modus tollens (“Si p, entonces q. No se da q. Por lo tanto, no se da p.”), del silogismo hipotético (“Si p, entonces q. Si q, entonces r. Por lo tanto, si  p entonces r.”), del silogismo disyuntivo (“ p o q. No se da p. Por lo tanto, se da q.”), del dilema (“p o q. Si p, entonces r y si  q, entonces s. Por lo tanto, r o s.”), de la reducción al absurdo (“Para probar p, supón lo contrario y, si en el transcurso de la prueba obtienes una contradicción, entonces niega lo que has supuesto.”), por contraposición ( “Si p, entonces q. Por lo tanto, si no q, entonces no p.”) … Existen argumentos deductivos que combinan varias formas simples. Si quieres distraerte con ellos, lee a Sherlock Holmes y te garantizo que no te aburrirás.

 

 

Argumentos por inducción.

 

 

La inducción nos permite obtener una conclusión universal  a partir de premisas singulares. Si bien la conclusión no se sigue deductivamente de las premisas, de alguna manera es apoyada por ellas.

El razonamiento científico que va de las observaciones a las teorías es considerado inductivo.

Solemos distinguir entre  inducción completa e inducción incompleta. En la primera se parte del conocimiento individual de todos los casos que componen un universo y se obtiene una conclusión válida para la totalidad. Imagínate una clase de 30 alumnos de 2º de Bachillerato D. Cada uno de ellos cursa la asignatura de Filosofía. Si escribimos 30 premisas con el nombre correspondiente de cada alumno, al final podemos escribir como conclusión que “Todos los alumnos de 2º de Bachillerato D cursan Filosofía.” Como hemos recogido todos los casos, nuestra inducción es completa. Pero la mayoría de las veces no es así.

Cuando la inducción es incompleta, sostener la conclusión es, cuanto menos arriesgado: ¿Cómo podemos garantizarla? Sigue el consejo de Karl  R. Popper: intenta buscar contraejemplos. Cuanto más te cueste encontrarlos, más fuerte es tu argumento.     

El argumento inductivo es perfectamente lícito, pero en los casos de inducción incompleta no existe una garantía acerca de la conclusión; aunque las premisas aportadas sean verdaderas. Así, la inducción no puede ser justificada sobre bases estrictamente lógicas. Sobre este asunto te recuerdo la historia escrita por B. Russell sobre un pavo inductivista. ¿Recuerdas? Aquel que comía invariablemente  a las nueve de la mañana en la granja  avícola y, tras días y días de regularidad, se decidió a concluir: “Siempre como a las nueve de la mañana”. Pero, llegó la víspera de Navidad y…

 

Argumentos por analogía.

 

 Como ya sabes, en toda analogía se establece una comparación entre dos cosas y se acentúan sus semejanzas. Los argumentos por analogía no requieren que los ejemplos utilizados sean absolutamente iguales, pero sí que existan similitudes relevantes.

Un famoso argumento por analogía –conocido como “argumento del diseño”- trata de  establecer la existencia de un Creador del mundo: tal y como podemos inferir la existencia de un arquitecto cuando nos encontramos ante un edificio bonito y bien construido, podemos inferir de la belleza y el orden del mundo la existencia de un Creador.

 David Hume al analizar este argumento manifestaba: “Piense cuán amplio es el paso que se ha dado al comparar las casas con el universo y al inferir de la similitud en algún aspecto  una similitud en sus causas.”. A juicio de este filósofo,  la  analogía que nos ocupa constituye un argumento débil por dos razones: una casa es parte de un conjunto mayor, mientras que el universo es el mayor de los conjuntos. Por otro lado, las casas requieren creadores; pero, de acuerdo con lo que sabemos, el universo como un todo puede contener las causas dentro de sí mismo. ¿Te animas a construir un argumento por analogía? ¿Qué tal  uno entre la Tierra y  un ser vivo?

 

 

Argumentos de autoridad.

 

En muchas ocasiones no podemos juzgar por nuestra propia experiencia y necesitamos acudir a otros para informarnos. Aunque procuremos acudir a fuentes competentes, no deja de ser un asunto arriesgado a la hora de basar en ello nuestra conclusión.

¿Cuándo están cualificadas las fuentes? Las fuentes competentes pueden ser autoridades, grupos y libros. Pero incluso las personas más preparadas, los grupos  especializados y los libros prestigiosos, pueden estar equivocados,  carecer de imparcialidad o resultar incompletos.

En muchas cuestiones de filosofía es difícil encontrar fuentes incuestionables: Aristóteles no estaba de acuerdo con Platón, ni  Hegel con Kant, por citar sólo unos ejemplos. Podemos utilizar sus argumentos, pero no convenceremos limitándonos a citar.

Con esto no quisiera que pensaras que  debemos descartar tales argumentos; pero sí que los utilices             con cautela y que,  cuando tropieces con alguno de ellos, lo analices con rigor. Fíjate en los ejemplos siguientes; ambos son argumentos de autoridad, pero no tienen la misma “autoridad”.

 

 

a)      “Las organizaciones de derechos humanos dicen que algunos presos son maltratados en Guantánamo. Por lo tanto, algunos presos son maltratados en  Guantánamo.”

b)      “Amnistia Internacional, en su informe anual del 26 de mayo de 2005, pide el cierre de Guantánamo. En este informe aporta fotografías de abusos a  presos, recoge testimonios  y las declaraciones de McClean, portavoz de la Casa Blanca,  quien  califica los abusos de “sucesos aislados”. El informe de Amnistía Internacional  también recoge otro dato: el Gobierno de  Estados Unidos ha restringido la aplicación de los Convenios de Ginebra. Por todo ello, Amnistía Internacional considera que algunos presos son maltratados en Guantánamo.”

 

 

¿Sabrías decir  por qué el segundo argumento tiene más autoridad que el primero si ambos concluyen igual?

 

 

Argumentos acerca de las causas.

 

Cuando tratamos de explicar por qué suceden las cosas empleamos este tipo de argumentos, ya que establecen una correlación  entre estados de cosas y causas. Por ejemplo, para averiguar si la dieta influye en el estado de salud, los médicos nutricionistas idean pruebas acerca de  los hábitos alimenticios. Luego pasan estas pruebas a una parte  representativa de la población y, entonces, comprueban cuál es la relación entre dietas y salud. En estos resultados basarán sus argumentos de manera que éstos sólo serán rigurosos si lo son las pruebas.

 Pero, no basta con afirmar  que una causa produce un efecto, sino que también hay que explicar por qué es así. De lo contrario, podemos establecer correlaciones que no son más que meras coincidencias. Y esto es lo que debemos evitar.

Imagínate que alguien dice: “Mientras leía el libro que me prestaste sobre el insomnio, me quedé profundamente dormido. Por lo tanto, el libro es tan bueno que me hizo dormir.”

¿Prueba este ejemplo que el libro sea la causa del sueño? ¿Qué tipo de prueba llevarías a cabo para comprobarlo?

Cuando elabores un argumento acerca de las causas, ten  en cuenta dos cosas. En primer lugar, que la mera correlación no establece una relación de causa y efecto; en segundo, que la causa no siempre es única.

Te animo a que construyas tu propio argumento. Puedes reflexionar acerca de las causas del fracaso escolar o, si lo prefieres, acerca de por qué algunos países tienen un mejor sistema educativo que el nuestro. Tampoco estaría de más que, desde una posición autocrítica, reflexionaras acerca de tu propio rendimiento académico intentando establecer cuáles son las causas de tus mejoras.

 

 

Argumentos mediante ejemplos.

 

Estos argumentos ofrecen uno o varios ejemplos en favor de una generalización.  Fíjate en el siguiente:

 

“El derecho de las mujeres a votar fue ganado sólo después de una lucha.”

“El derecho de las mujeres a asistir a la Universidad fue ganado sólo después de una lucha.”

“El derecho de las mujeres a la igualdad de oportunidades en el trabajo está siendo ganado sólo con la lucha.”

“Por lo tanto, todos los derechos de las mujeres son ganados sólo después  de luchar.”

 

¿Cuántos ejemplos son necesarios para alcanzar una conclusión? ¿Cuántos más ejemplos aportemos resultarán más fiables las conclusiones? Lo importante no radica en la cantidad de ejemplos, sino en su importancia. De esto saben bastante quienes realizan encuestas públicas: de poco serviría entrevistar a la mayor parte de la población si se deja fuera de la muestra a un sector recalcitrante.

Cuando construyas tus propios argumentos no confíes en el primer ejemplo que te venga a la cabeza. Además, no te dejes engatusar por la apariencia de algunos argumentos, como el siguiente:

 

“Compre su vehículo en nuestro concesionario. Cientos de clientes ya han confiado en nosotros. Usted será el próximo cliente  satisfecho.”

 

¿Se te ocurre alguna objeción al respecto?

 

 

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Confío en que todos estos ejemplos  te ayuden a argumentar mejor, a distinguir entre argumentos fuertes y débiles y  a averiguar la estructura argumentativa de un texto. Por cierto, cuando te pregunten por ella, debes proceder del siguiente modo:

  1. Detecta los puntos de partida (premisas).
  2. Reconoce la conclusión.
  3. Reconstruye los pasos intermedios que han llevado desde las premisas hasta la conclusión (argumento utilizado).
  4. Indica cómo se organizan y vinculan entre sí las premisas ( señala si  el argumento presenta puntos débiles, si afirma más de lo que verdaderamente puede probar, si el lenguaje utilizado es claro, ambiguo, impreciso, ordenado, emotivo,...)

 

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